Una madre en China perdió a su hijo. Al ordenar sus cosas, se encontró con un patrimonio que ninguna caja fuerte guardaba: 87 cuentas de videojuegos, llenas de personajes, objetos y compras que su hijo había acumulado durante años. Cuando la empresa se negó a darle acceso, ella hizo lo que casi nadie se atreve: demandó. Y ganó.
Por Miguel Farrell
Un tribunal chino obligó a la compañía a cooperar en la transferencia de esos activos a la madre. La sentencia dice en voz alta lo que en Occidente todavía preferimos negar: lo que construyes en línea tiene valor económico, y ese valor se hereda.
El caso que sentó precedente
No fue un accidente ni un juez excéntrico. Los tribunales chinos llevan años construyendo este criterio: en varias sentencias han determinado que las cuentas de juego, los objetos virtuales, las criptomonedas e incluso los derechos comerciales de una cuenta de redes sociales forman parte del patrimonio del fallecido y son heredables.
El razonamiento es de una lógica desarmante: si un bien digital es escaso, se puede vender, tiene precio y hasta genera ganancias, entonces cumple con la definición de propiedad. Y si es propiedad, se hereda. Con esa vara, los jueces hicieron algo aún más audaz: declararon inválidas las cláusulas de los contratos que las plataformas te hacen aceptar al registrarte, esas que prohíben transferir o heredar tu cuenta. La letra chica no puede pasar por encima de un derecho.
Eso sí, trazaron una frontera: los bienes con valor se heredan, pero el contenido strictly personal —las conversaciones privadas— no se transmite; se archiva. El patrimonio pasa a la familia; la intimidad se queda con el muerto.
No es un caso de gamers: es un caso de patrimonio
Es fácil descartar esto como "cosas de videojuegos". Sería un error caro. Los montos hablan solos: en un caso de 2024, la herencia digital en disputa —una cuenta de juego junto con bitcoin y una cuenta social monetizada— rondaba los 30,000 dólares. En otro, un simple objeto virtual, un arma dentro de un juego, fue valuado en varios miles de dólares porque había gente dispuesta a pagarlos.
Y esto no es exclusivo de China ni de los jugadores. Tu propio patrimonio digital es más grande de lo que crees: wallets de criptomonedas, saldos en aplicaciones financieras, un canal monetizado, un dominio web, una biblioteca de juegos que costó cientos de dólares, millas y puntos de lealtad. A eso súmale lo que no tiene precio pero es irremplazable —tus fotos, tus recuerdos en la nube— y la llave maestra de todo: tu correo electrónico. Con el mercado global de criptomonedas superando por sí solo los dos billones de dólares, negar que la vida digital es patrimonio dejó de ser ingenuo para volverse irresponsable.
No todo activo digital tiene precio; pero casi ninguno carece de valor.
El muro que casi nadie ve: "no eres dueño, eres licenciatario"
Aquí está el detalle que vuelve al fallo chino tan importante. En Occidente, el modelo dominante es el contrario: cuando compras juegos en plataformas como Steam, no eres dueño de nada; posees una licencia de uso, personal e intransferible. Bajo esas reglas, tu biblioteca de cientos de títulos no se hereda: se extingue contigo. Diga lo que diga tu sentido común, el contrato dice que no era tuya.
Lo revolucionario de China no fue reconocer que el objeto vale. Fue atreverse a decir que una cláusula redactada por la empresa no puede borrar el derecho de una familia. Ese es el verdadero precedente, y es el que tarde o temprano tendrá que llegar al resto del mundo.
Tu herencia ya no cabe solo en una caja fuerte; buena parte de ella vive detrás de una contraseña.
¿Y en México?
La herencia en México comprende los bienes y derechos con valor económico de una persona, así que, en principio, tus activos digitales patrimoniales podrían integrarse a tu masa hereditaria. Pero el problema aquí es el mismo que enfrentó aquella madre en China, y no lo resuelve ninguna ley por sí sola: sin acceso, no hay herencia. Un heredero puede tener todo el derecho del mundo y aun así estrellarse contra una contraseña que no conoce y una plataforma que se escuda en sus términos. La ley puede estar de tu lado; el muro técnico, no. Ya lo he detallado en mi guía sobre qué pasa con tus activos digitales cuando mueres.
Qué puedes hacer hoy
- Haz un inventario de tu patrimonio digital. Enlista lo que tiene valor económico (cripto, dominios, cuentas monetizadas, saldos) y lo que tiene valor sentimental (fotos, archivos). No puedes heredar lo que nadie sabe que existe.
- Activa las herramientas de legado que ya existen. Google tiene su Administrador de cuentas inactivas; Apple, el Contacto de Legado; Meta, el contacto de legado. Configúralos hoy: son gratuitos y toman minutos.
- Usa un gestor de contraseñas con acceso de emergencia. Es el puente entre tu derecho y tu acceso.
- Incluye lo digital en tu testamento. Menciona la existencia de estos activos y a quién los dejas —sin escribir las contraseñas en un documento público—, y deja por separado un mapa seguro de accesos.
Conclusión: China no nos ganó en tecnología, nos ganó en sentido común
Lo notable del fallo no es que un país "avanzado" digitalmente haya hecho algo sofisticado. Es que un tribunal se atrevió a reconocer una verdad simple que el resto seguimos esquivando: lo que creamos en línea es nuestro, y también de quienes amamos.
La pregunta, entonces, ya no es si tu vida digital vale algo —vale, y más de lo que imaginas—. Es si, el día que faltes, tu familia podrá siquiera entrar a ella. Heredar ya no es solo dejar una casa y una firma; es dejar las llaves de una vida que hoy vive, casi toda, detrás de una pantalla.